ARIA HATZIS
El trayecto en el auto estuvo cargado de silencio, pero no de esos incómodos. Más bien, era un silencio denso, eléctrico, de esos que preceden a una tormenta.
Yo miraba por la ventana, aunque sentía la intensa presencia de Nikolai a mi lado. Su mano estaba en mi muslo, quemándome a través de la tela de mi falda.
Cada tanto, sus dedos se deslizaban apenas, como si estuviera midiendo mi paciencia.
—¿Vas a estar así de callada todo el camino? —su voz ronca me hizo girarme hacia él.
—No