NIKOLAI MALISHEV
La mansión de mi madre tenía ese aroma frío y lujoso de siempre. Mármol blanco, madera oscura, vitrales que contaban historias antiguas. Pero esa tarde todo el lugar vibraba con risas pequeñas, con voz de campana dulce: la de Aelina y es por ella que me encuentro aquí.
—¡Papá, tú eres el enemigo ahora! —dijo, apuntándome con una pequeña pistola de juguete adornada con brillantes.
—¿El enemigo? —alcé una ceja, conteniendo la sonrisa—. ¿Y tú qué eres?
—Soy la jefa —respond