NIKOLAI MALISHEV
La mansión de mis padres, aquí en Rusia, estaba tranquila esa noche. Ya no era Navidad, pero aún quedaban restos de las decoraciones. Un resplandor cálido provenía de las luces que habían quedado encendidas en el árbol. Todo estaba en calma, incluso el aire.
Me recliné en el sillón de mi despacho, una copa de vodka medio vacía en la mano, y miré el reloj. Era tarde, ya casi las dos de la mañana. Pero no tenía prisa.
El día había sido largo. Aelina había jugado con sus muñecas,