NIKOLAI
El rubio de ojos azules, Brian, estaba sentado en torno a la vieja mesa de madera, un cigarrillo encendido entre sus dedos. A su lado, Viktor me lanzaba miradas de fastidio, tanacostumbrado como yo a soportar ese hedor, recordando los días en que Andrei, ese imbécil, siempre fumaba sin remedio. No puedo decir que disfruto del olor, pero ya he vivido lo suficiente para aguantar esas pequeñas molestias.
—No es necesario papeles... bueno, algunas imágenes lo son —dijo Brian, con su voz ent