Neil había sido preciso. Demasiado.
La había contactado dos noches antes, usando un número que no figuraba en ningún registro. Cuando ella escuchó su voz, colgó. A los diez minutos, recibió un mensaje con una foto: ella entrando al médico. Deneb tomada de la mano. Fecha, hora.
El mensaje siguiente fue corto:
No quiero hacerte daño. Quiero ayudarte a salir viva.
Everly lo citó en un café pequeño un día antes a dos calles de su casa, había salido a caminar con el pretexto de estirar las piernas. No confió en él ni un segundo, pero sabía reconocer una oportunidad cuando la veía. Neil la esperaba disfrazado, tenía una carpeta delgada, la dejó sobre la mesa sin mirarla a los ojos.
—Documentos nuevos —dijo mirando al frente, pero sintiéndose triunfante por dentro. Estaba seguro de que lograría separarlos—. Son identidades limpias, con una ruta fuera de Denver. Nada ilegal… en apariencia.
—¿Y el precio? —preguntó ella, directa.
Neil sonrió, ese gesto que siempre había odiado.
—Solo tiempo… y