Del otro lado de la ciudad, Eiríkr Jackson estaba dormido boca abajo, luego de haberse tomado hasta la última copa de vino de su licorera personal y de haber llorado. Sentía la ausencia de Everly como una traición a una promesa de amor eterno que, no hacía mucho, se habían hecho.
Pero también sabía, y eso era lo que más pesaba en su alma, que la certeza era una sola: había sido su causa que ella se fuera. No pedía mucho, no pedía lujos ni cosas banales; pedía paz. Y él, el príncipe de la mafia de Denver, no podía dársela. La paz no era algo con lo que él estuviera muy familiarizado.
Hubo una época, cuando su madre aún vivía, en la que ella los protegía con su vida entera, a él y a su hermana. Sin embargo, esa paz no duró mucho. Tenía cinco años cuando su madre falleció. Erin tenía casi seis. Eran pequeños, pero podían recordarla.
Él sabía el costo que conllevaba no tener una madre. Después de que ella muriera, su padre lo acunó bajo su ala. A los siete, ya disparaba armas de balines;