Vincent se sentía como un león enjaulado. Vigiló la casa de Vera toda la noche; Leone había dormido con ella. De eso estaba seguro, pues había pasado toda la noche una calle abajo, esperando que este saliera, y no lo hizo hasta las siete de la mañana.
La sonrisa en la cara de Leone lo decía todo, y él quería borrar esa estúpida sonrisa del rostro de su ahora enemigo. Bajó del auto casi corriendo, con la furia tomando control de sus ya inexistentes decisiones calculadas.
Antes de que Leone abriera la puerta, Vincent lo empujó con fuerza.
—¡Eres un maldito desgraciado, Leone!
El fiscal italiano resistió el empuje de su primo.
—¿Se puede saber por qué soy un maldito desgraciado, Vincent? —preguntó con ironía, a sabiendas de que lo provocaba.
Vincent no dijo más y levantó el brazo para darle un puñetazo en la cara, pero Leone lo esquivó con agilidad e hizo que este trastabillara y cayera casi de bruces. Leone le sujetó el brazo y se lo puso por detrás, inmovilizándolo mientras lo torcía c