El despacho estaba sumido en una penumbra densa, casi viscosa.
Alejandro llevaba horas allí.
La corbata había terminado abandonada sobre un sillón, el primer botón de la camisa estaba desabrochado y las mangas arremangadas de forma descuidada, algo poco habitual en él. Tenía el teléfono en la mano desde hacía tanto tiempo que ya no sentía los dedos con claridad. Mensajes enviados, llamadas realizadas, contactos que no hablaba desde hacía años y a los que ahora recurría con una urgencia casi des