La puerta cerrada parecía un muro invisible, imponente y pesado, que separaba a Alejandro del caos que acababa de desatarse en su vida. Allí estaba él, inmóvil, y en su mente retumbando la última frase de Valentina, como un eco que no dejaba de reverberar: “Todo, Alejandro. Lo conté todo”. Cada palabra lo golpeó como un balde de agua fría.
¡Todo!
Mientras su mundo se caía a pedazos, algo dentro de él, en su estómago, se retorcía en una espiral de angustia. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo