El lugar olía a leche y a talco. El reloj de pared marcaba las once y cuarto de la mañana, pero la casa vivía en un tiempo propio desde que Luna había nacido. Los rayos del sol hacían brillar las hebras doradas del cabello de la bebé cuando Isabel la acunaba en el regazo. Luna dormía, pequeñísima, con la boquita entreabierta; su respiración era un compás diminuto que parecía ordenar el mundo por unos segundos a la vez.
Hugo había insistido en reunirse con ella. Había invitado a un abogado. Le d