Las semanas que siguieron a la cena de gala se instalaron en una rutina de rigidez profesional. Marcello y yo manteníamos una distancia quirúrgica; la casa era un mausoleo de silencio entre nosotros, solo roto por las voces alegres de Noah y Aubrey. Había logrado mi objetivo: el sexo con ambos primos había cesado, y la turbulencia emocional se había calmado, reemplazada por una calma precaria y la solidez de mi papel como "Emma".
Sin embargo, en el fondo, yo sabía que esta calma era solo la sup