El aire en la mansión era una mezcla densa de adrenalina y temor reprimido. Había transcurrido apenas un par de horas desde mi decisión de confrontar a Emma personalmente, y el amanecer aún no se asomaba por el horizonte de San Diego. Me había quedado en mi despacho, releyendo el archivo de Emma, mientras Frank movilizaba a su equipo para preparar la emboscada.
Mi plan era simple: usar a Arabella como el cebo irresistible que obligaría a Emma a salir de las sombras, pero yo daría la cara en la