La confrontación en la Catedral había marcado un antes y un después. Ayer habíamos regresado a la mansión con la certeza de la victoria y, para mí, con la certeza devastadora de que mi corazón ya no me pertenecía. El abrazo, la confesión de amor de Marcello y la mía, había disuelto las reglas profesionales en una tormenta de verdad.
La primera acción, sin embargo, no fue celebrar ni planear la boda. Fue limpiar los escombros de las mentiras que habíamos dejado en el camino. Y eso significaba ha