La mañana después del beso con Marcello se sintió pesada, saturada de una culpa espesa y la certeza de que todo se había complicado de forma irremediable. Me desperté en mi habitación, con el pelo revuelto y el sabor a café amargo en la boca. El recuerdo del traje desordenado de Marcello, su respiración agitada y la desesperación en su beso me golpearon con la fuerza de un tsunami.
—¿Qué m****a acabo de hacer? —me dije, mirando al techo.
Me había besado con mi jefe, el padre de los niños a los q