Con los labios separados y las mejillas rojas como manzanas, mantuve los ojos clavados en las formas del techo. Mientras abajo, me retorcía y jadeaba con rapidez, sintiendo un tipo de placer que no había sentido jamás. Era extraño, era increíble...
Era intenso.
—¿Aun crees que este sitio no es para mí, hermosa? —dijo entre mis muslos, colando otro tormentoso dedo en mi interior.
Lo movió con habilidad y yo alcé las caderas, cerrando las manos y gimiendo muy alto.
—Mírate, eres preciosa —