Con la mascarilla de oxígeno en mi cara, salí de la habitación y recorrí un infinito pasillo en una camina, con doctores a cada costado y hablando entre ellos, sobre mí y sobre “el producto”.
Durante lo que me pareció una eternidad, solo pude mirar fijamente al frente, al techo, a las luces blancas e incandescentes que pasaban a gran velocidad. Y luego de un milenio, al fin entramos al quirófano. Allí me colocaron sobre otra cama, donde rápidamente comenzaron a preparar todo, incluida yo.
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