Era tan feliz, agradecía estar viva y ver los rostros de mis recién nacidos. Aunque el cuerpo me dolía, estaba llena de ciega felicidad. Tenía a mis gemelos en brazos, durmiendo y totalmente sanos; solo un poco bajos de peso, pero saludables en todo aspecto.
—Son muy hermosos, ¿verdad? —le pregunté a Gabriel, sonriendo y llorando.
Él se inclinó y después de besarme en la frente, acarició las pequeñas cabezas de nuestros bebés; ambos tenían el cabello castaño, igual que su padre.
—Son perf