El camino serpenteaba entre montañas, alejándose cada vez más del bullicio de la ciudad. Mariana observaba el paisaje a través de la ventanilla del auto, mientras Alejandro conducía en silencio. La casa de campo de los De la Vega se encontraba a tres horas de la ciudad, escondida entre bosques y colinas, como un secreto bien guardado.
—¿Estás seguro de que esto no es un secuestro? —bromeó Mariana, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos desde que salieron.
Alejandro sonrió leve