La luz del atardecer se filtraba por los ventanales del despacho de Alejandro, tiñendo de dorado los documentos esparcidos sobre el escritorio. Mariana observaba cómo él revisaba meticulosamente cada página del contrato que había regido sus vidas durante los últimos meses. Sus dedos, aquellos que conocían cada centímetro de su piel, ahora sostenían un bolígrafo que tachaba cláusulas con determinación.
—Esto ya no tiene sentido —dijo Alejandro, dejando caer el bolígrafo sobre los papeles—. Ningu