El café se había enfriado en la taza de Mariana mientras revisaba los informes financieros que Alejandro le había pedido analizar. Tres semanas habían pasado desde la gala, y aunque él nunca volvió a mencionar a Isabela, su presencia flotaba entre ellos como un fantasma persistente.
La puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Levantó la mirada, esperando ver a su asistente, pero en su lugar apareció Isabela Montero, enfundada en un traje sastre color marfil que acentuaba cada curva de su