El aroma a café recién hecho y pan tostado inundaba la cocina de los Valverde. Mariana observaba a su madre moverse con gracia entre la estufa y la mesa, tarareando una vieja canción que solía cantarle cuando era niña. Había olvidado lo reconfortante que resultaba este ritual matutino, tan distinto a los desayunos silenciosos en la mansión De la Vega, donde el único sonido era el tintineo de la porcelana fina y el ocasional comentario sobre compromisos del día.
—¿Más café, hija? —preguntó Carme