El silencio en la limusina era tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Mariana miraba por la ventana, observando cómo las luces de Madrid se desdibujaban en la noche. Alejandro, sentado al otro extremo, mantenía la vista fija en su teléfono, aunque ella sabía que no estaba leyendo nada. La tensión entre ambos había alcanzado un punto insoportable después del encuentro con Isabela.
Cuando finalmente llegaron a la mansión De la Vega, Mariana no esperó a que el chofer abriera la puerta. Sal