Anna subió al ascensor que llevaba desde la cafetería hasta su consultorio, pero su mente aún estaba atrapada en la discusión con María. El mal sabor de boca no era solo por el café derramado en su bata, sino por las palabras envenenadas de aquella mujer que parecía disfrutar arruinando cualquier posibilidad de paz en su vida. Al llegar frente al escritorio de Irina, la joven asistente la recibió con una sonrisa profesional.
—Irina, por favor, contacta al paciente y confirma su cita —pidió mien