Mikhail y Anna aterrizaron en Santorini, Grecia, bajo un cielo despejado que parecía un lienzo pintado de azul.
El mar Egeo resplandecía bajo el sol, prometiendo días de calma y noches bañadas por la luna. Todo en esa isla estaba cargado de promesas, de momentos que, en ese instante, ambos creían que durarían para siempre.
Al llegar a su villa privada, los rodeaba el aire salado del mar, mientras una brisa cálida acariciaba sus rostros. La villa, enclavada en lo alto de un acantilado, ofrecía