El clic de la llamada terminada resonó en el despacho como el chasquido de una guillotina.
El silencio que siguió fue absoluto, denso e insoportable. Caleb dejó el auricular sobre la base con una lentitud que contrastaba violentamente con la tormenta que acababa de desatarse. Apoyó ambas manos sobre el cristal del escritorio y bajó la cabeza, exhalando un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
Di un paso hacia el interior del despacho, sintiendo que mis piernas pesaban toneladas.
—Caleb...