Devoción Oscura

El clic de la llamada terminada resonó en el despacho como el chasquido de una guillotina.

El silencio que siguió fue absoluto, denso e insoportable. Caleb dejó el auricular sobre la base con una lentitud que contrastaba violentamente con la tormenta que acababa de desatarse. Apoyó ambas manos sobre el cristal del escritorio y bajó la cabeza, exhalando un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.

Di un paso hacia el interior del despacho, sintiendo que mis piernas pesaban toneladas.

—Caleb... —mi voz fue apenas un susurro rasposo—. Deshaz la transferencia. Llama a Arthur. Dile que cancele los pagos a los proveedores de Thorne y devuelve el dinero a la liquidez del holding.

Caleb no se movió. Los músculos de su espalda desnuda parecían tallados en tensión pura. —No puedo hacerlo, Alex. Las transferencias internacionales a firmas fantasma son irrevocables una vez que se autorizan. El dinero ya está circulando en Europa. Thorne amanecerá en la quiebra.

—¡Y tú amanecerás destituido! —grité, la desesperación rompiendo mi compostura. Acorté la distancia casi corriendo, agarrándolo por el brazo y obligándolo a girarse hacia mí—. Tu abuela te va a quitar la empresa a las seis de la mañana, Caleb. El imperio de tu familia... todo por lo que has peleado toda tu vida. No puedes perderlo por mí.

Caleb me miró. Esperaba ver arrepentimiento en sus ojos, o el pánico de un CEO a punto de perder su trono. Pero lo que encontré fue una calma abrumadora, profunda y oscura.

Levantó las manos y tomó mi rostro, sus pulgares acariciando mis mejillas con una devoción que me cortó la respiración.

—No lo entiendes, ¿verdad? —murmuró, acercándose hasta que nuestras frentes se tocaron—. Cuando mis padres murieron, yo tenía diez años. Me quedé solo en una mansión inmensa, rodeado de abogados y familiares que solo querían despedazar la herencia. Juré que nunca más volvería a ser débil. Construí esta reputación, este puto imperio, para ser intocable. El poder era mi única armadura.

Tragué saliva, sintiendo que el corazón me latía en la garganta ante su confesión. Era la primera vez que hablaba de su pasado sin la máscara de sarcasmo.

—Pero esta mañana... —continuó Caleb, su voz quebrándose ligeramente—, cuando vi tu oficina destrozada, me di cuenta de que todo el dinero y el poder del mundo no servían de nada si no podía protegerte. Thorne te atacó para demostrarme que eres mi punto débil. Y tuvo razón. Lo eres.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, abrumada por la magnitud de su rendición.

—Así que quemé el puto barco —sentenció él, rozando sus labios contra los míos en un beso que sabía a desesperación y a promesa—. Si tengo que elegir entre la silla de CEO y tu seguridad, Alexandra, que la junta se quede con el edificio entero. Porque no estoy dispuesto a vivir un solo día más en un mundo donde tú estés en peligro.

Un sollozo ahogado escapó de mi garganta. Las últimas barreras de mi independencia, el miedo a ser controlada, el orgullo herido... todo se desintegró hasta convertirse en polvo.

Este hombre, el temido Diablo de Wall Street, acababa de arrojarse al vacío con tal de asegurarse de que yo no cayera.

Enredé mis manos en su cabello oscuro y tiré de él, uniendo nuestras bocas con una ferocidad que buscaba transmitirle todo lo que las palabras no podían abarcar.

Caleb respondió al instante. Me levantó del suelo, aferrándome por los muslos, y me llevó de regreso a la habitación en la oscuridad de la madrugada.

La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave. No había prisa. Solo existíamos él y yo.

Me bajó lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo, pero no me soltó. Sus manos recorrieron mis brazos, mi cintura, mi espalda, como si necesitara asegurarse de que estaba realmente allí, viva y a salvo. Con reverencia casi religiosa, empezó a desvestirme. Desabrochó cada botón de mi blusa con lentitud, besando cada trozo de piel que quedaba al descubierto. La prenda cayó al suelo. Luego el sujetador. Se arrodilló frente a mí y bajó la cremallera de mi falda, deslizándola por mis piernas junto con mis bragas, dejando besos suaves en mis muslos, mis rodillas, mis tobillos.

Cuando estuve completamente desnuda, Caleb se levantó y me miró como si estuviera contemplando algo sagrado.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida —susurró, quitándose él mismo la camisa y el pantalón hasta quedar tan desnudo como yo.

Me tomó en brazos y me llevó hasta la cama. Me tumbó con cuidado en el centro y se colocó sobre mí, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarme. Nuestros cuerpos se tocaron por completo: piel caliente contra piel caliente, latidos acelerados, respiraciones entrecortadas.

Caleb empezó a besarme. No solo en la boca. Besó mis párpados, mis mejillas, la línea de mi mandíbula, el hueco de mi garganta. Bajó por mi cuerpo con devoción lenta y tortuosa. Lamió mis pezones con la lengua plana, los chupó con suavidad, los mordió apenas lo suficiente para arrancarme un gemido. Siguió bajando, dejando besos en cada costilla, en mi vientre, en mis caderas.

Cuando separó mis muslos y hundió su rostro entre ellos, no fue con hambre salvaje, sino con adoración. Su lengua me recorrió despacio, saboreándome, explorándome. Chupó mi clítoris con delicadeza, introduciendo dos dedos en mi interior con una lentitud que me hizo arquear la espalda y gemir su nombre como una plegaria.

—Mi imperio… —murmuró contra mi sexo, besándolo con reverencia—. Mi única debilidad… y mi mayor fuerza.

Me llevó al borde del orgasmo con esa lentitud devastadora, una y otra vez, hasta que estuve temblando y suplicando. Solo entonces subió de nuevo, cubriéndome con su cuerpo. Tomó mi rostro entre sus manos y me miró directamente a los ojos mientras se alineaba en mi entrada.

—Te quiero, Alexandra —confesó con voz ronca y rota—. No por el contrato. No por la protección. Te quiero porque gracias a ti, no todo lo demás está vacío.

Entró en mí lentamente, centímetro a centímetro, hasta que estuvo enterrado hasta el fondo. Ambos soltamos un gemido largo y profundo. Se quedó quieto un momento, palpitando dentro de mí, frente contra frente, mirándome como si yo fuera su universo entero.

Empezó a moverse. Embistidas profundas, lentas y poderosas. Cada vez que entraba del todo, rotaba las caderas, uniéndonos más. No era solo sexo. Era una fusión.

—Siente esto —susurró contra mis labios, acelerando apenas un poco—. Siente cómo te pertenezco. Todo lo que soy… es tuyo.

Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura. Mis manos recorrieron su espalda, clavando las uñas cuando el placer se volvía demasiado intenso. Lloré en silencio de emoción mientras él me hacía el amor con una devoción absoluta, susurrándome al oído palabras oscuras y hermosas:

—Eres mi reina… mi refugio… mi puta obsesión. Nunca voy a dejarte ir.

El orgasmo nos alcanzó casi al mismo tiempo. El mío fue largo, profundo y devastador, contrayéndome alrededor de él con fuerza. Caleb gruñó mi nombre contra mi cuello y se derramó dentro de mí, llenándome con chorros calientes mientras temblaba entre mis brazos.

No salió de mí.

Se quedó enterrado profundamente, abrazándome con fuerza, besando mis lágrimas, mi frente, mis labios hinchados.

—Esto es real —susurró en la oscuridad—. Tú y yo. Sin contratos. Sin imperios. Solo nosotros.

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