No todo está perdido

A las 5:15 AM, el cielo de Nueva York comenzó a teñirse de un gris plomizo.

La alarma del teléfono de Caleb sonó, fría y puntual.

Caleb se levantó de la cama en silencio. Lo observé desde debajo de las sábanas mientras caminaba hacia el vestidor. No había arrepentimiento en sus movimientos, pero la pesadez en sus hombros era evidente. Se estaba preparando para su ejecución corporativa.

Me senté en la cama, envolviéndome en la sábana de seda. Mi cuerpo estaba exhausto y dolorido de la mejor manera posible, pero mi mente operaba a mil kilómetros por hora.

Caleb salió del vestidor diez minutos después. Llevaba un traje negro implacable, una camisa blanca impecable y una corbata oscura. Parecía un rey yendo a la guillotina con la cabeza en alto.

Se acercó a mi lado de la cama, se inclinó y depositó un beso largo y profundo en mi frente.

—Descansa, bombón. Te quedarás aquí con el equipo de seguridad hasta que yo vuelva —murmuró él, ajustándose los gemelos—. Voy a enfrentar a Victoria y a entregarle la empresa. En cuanto firme la renuncia, Thorne dejará de ser nuestro problema.

Lo agarré por la solapa del saco antes de que pudiera alejarse.

—Dame diez minutos —le dije, mi voz sonando ronca, pero firme como el acero.

Caleb frunció el ceño, desconcertado. —¿Diez minutos para qué?

—Para vestirme —solté la solapa, me levanté de la cama llevándome la sábana conmigo y caminé rápidamente hacia el vestidor—. Si crees que te voy a dejar ir solo a esa sala de juntas a entregar la empresa de tu vida, es que el sexo te nubló el cerebro, Navarro.

—Alexandra, no hay nada que negociar. Faltan seiscientos millones de dólares de la cuenta de liquidez. Es un desfalco injustificable. Victoria me va a crucificar frente a toda la junta directiva. No quiero que estés ahí para verlo.

Salí del vestidor ocho minutos después. Llevaba puesto mi traje sastre de lana negra, unos stilettos de aguja y el cabello recogido en un moño estricto. En mi mano derecha, sostenía mi tableta electrónica.

—No es un desfalco, Caleb. Es una adquisición hostil hiperagresiva —lo corregí, caminando hacia él y pasándole la tableta.

Caleb tomó el dispositivo, mirando la pantalla. Sus ojos se abrieron ligeramente.

—He estado rastreando el mercado desde que me desperté hace media hora —le expliqué, mi cerebro estaba operando al máximo nivel—. Arthur hizo exactamente lo que le pediste. Compró la deuda de los principales inversores de Julian Thorne. Pero no la compró a nombre de empresas fantasma al azar; logré que las enrutara a través de Navarro Holdings.

Señalé los gráficos en la pantalla.

—En este exacto momento, Thorne está en bancarrota técnica. Sus líneas de crédito están asfixiadas. Y adivina quién es su mayor acreedor ahora mismo. Tú. O, mejor dicho, tu empresa.

Caleb me miró, procesando la magnitud de lo que le estaba mostrando. Su mente financiera, letargada por el estrés, de repente hizo clic.

—Thorne tiene un portafolio de bienes raíces valorado en más de dos mil millones de dólares... —susurró Caleb.

—Y como no tiene liquidez para pagar la deuda que acabas de comprar por seiscientos millones... —sonreí, una sonrisa gélida y despiadada digna del propio Diablo de Wall Street—. Podremos embargar sus propiedades principales por una fracción de su valor real en el momento en que abran los juzgados.

Caleb bajó la tableta lentamente. El asombro en sus ojos dio paso a una admiración tan profunda y salvaje que casi me hizo sonrojar.

—No quemaste seiscientos millones de dólares, esposo —sentencié, acercándome y acomodándole el nudo de la corbata con cuidado—. Hiciste la inversión inmobiliaria más agresiva y brillante de la última década. Solo necesitabas a la mejor relacionista pública de la ciudad para darle la narrativa correcta antes de que tu abuela entrara en pánico.

Caleb soltó una carcajada baja, ronca y cargada de puro alivio. Me tomó por la cintura y me levantó del suelo, besándome con una fuerza brutal antes de volver a dejarme de pie.

—Eres asombrosa —me dijo.

Fueron dos palabras. Simples, directas y dichas sin un ápice de vacilación. Mi corazón se detuvo por un milisegundo y luego volvió a arrancar con una fuerza ensordecedora.

No hubo tiempo para responder. El reloj de la pared marcó las 5:45 AM.

—Vamos, señora Navarro —dijo Caleb, ofreciéndome su brazo, sus ojos brillando con una letalidad renovada—. Es hora de ir a darle los buenos días a la junta directiva.

El piso sesenta y cinco de la torre Navarro estaba inusualmente iluminado para ser casi el amanecer.

El silencio en el pasillo ejecutivo era tenso. Caleb empujó las inmensas puertas dobles de caoba de la sala de juntas.

En la inmensa mesa ovalada, la abuela Victoria estaba sentada en la cabecera. A su lado, Richard Navarro intentaba ocultar una sonrisa triunfal. Detrás de ellos, una docena de accionistas clave habían sido arrastrados de sus camas y estaban en pijama bajo sus abrigos, murmurando con preocupación.

El murmullo cesó en el instante en que cruzamos el umbral del brazo.

Victoria Navarro golpeó el suelo con su bastón de plata, fijando sus ojos gélidos en Caleb.

—Me sorprende que hayas tenido el descaro de aparecer, Caleb —sentenció la matriarca, su voz resonando en la acústica de la sala—. Has cometido fraude corporativo contra tu propia familia por un capricho personal. Estás acabado. Esta junta va a votar tu destitución y tu expulsión del holding en este preciso instante.

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