El olor a pintura fresca y a plástico quemado me golpeó el estómago en cuanto las puertas del ascensor se abrieron en mi piso de Brooklyn.
No quedaba nada.
Mi nuevo loft, el refugio que había construido desde cero para levantar mi agencia lejos de la sombra de Mateo, estaba irreconocible. Los inmensos ventanales industriales habían sido reventados a martillazos, dejando que el viento gélido de la madrugada barriera el lugar. Los ordenadores estaban destrozados contra el suelo, los escritorios v