Actos Desesperados

El olor a pintura fresca y a plástico quemado me golpeó el estómago en cuanto las puertas del ascensor se abrieron en mi piso de Brooklyn.

No quedaba nada.

Mi nuevo loft, el refugio que había construido desde cero para levantar mi agencia lejos de la sombra de Mateo, estaba irreconocible. Los inmensos ventanales industriales habían sido reventados a martillazos, dejando que el viento gélido de la madrugada barriera el lugar. Los ordenadores estaban destrozados contra el suelo, los escritorios volcados, y las paredes de ladrillo visto estaban cubiertas de manchas de pintura negra, lanzada con la clara intención de profanar el espacio.

Me quedé paralizada en el umbral. El cristal crujió bajo la suela de mis botas cuando di el primer paso involuntario hacia adentro.

Leo, mi asistente, estaba sentado en la única silla que había quedado en pie, temblando mientras un oficial de policía tomaba su declaración. Al verme, se levantó de un salto.

—¡Señorita Rivera! —exclamó, con la voz quebrada—. Yo llegué primero para abrir... y lo encontré así. No robaron nada de valor. Solo... solo querían destruirlo.

El nudo en mi garganta era tan denso que me impedía tragar. Thorne no quería mis ordenadores. Quería enviarme un mensaje. Quería demostrarme que no importaba a dónde fuera, él podía alcanzarme y reducir a escombros lo que yo más valoraba.

Un escalofrío me recorrió la columna, pero antes de que pudiera consolar a Leo, el sonido de pasos apresurados y pesados resonó en el pasillo detrás de mí.

Caleb entró al loft.

Marcus y otros tres hombres de su equipo de seguridad privada bloquearon la entrada al instante, impidiendo el paso a cualquier otra persona.

Caleb se detuvo a mi lado. No llevaba abrigo, solo el pantalón del traje gris y una camisa oscura que se había puesto a toda prisa. Sus ojos recorrieron la devastación de la oficina en silencio. No maldijo. No gritó. Pero la quietud que emanó de su cuerpo fue tan aterradora que los dos policías que interrogaban a Leo dejaron de hablar instintivamente.

Era la quietud de un hombre que acababa de decidir que alguien iba a dejar de respirar.

Caleb bajó la mirada hacia mí. Con un movimiento rápido y posesivo, me tomó del rostro con ambas manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos, sus ojos escrutando cada centímetro de mi piel, buscando cualquier herida que la lógica le decía que no tenía, pero que su obsesión necesitaba descartar.

—No te pasó nada —murmuró, más para convencerse a sí mismo que a mí—. No estabas aquí.

—Estoy bien, Caleb —susurré, levantando las manos para aferrarme a sus muñecas, sintiendo el latido furioso y descontrolado de su pulso—. Es solo mobiliario. Es solo cristal.

—Es una invasión —corrigió él, su voz bajando a un timbre tan oscuro que me erizó la piel—. Tocaron tu espacio. Tocaron lo que te pertenece.

Soltó mi rostro, pero no me dejó alejarme. Envolvió un brazo alrededor de mi cintura, pegándome a su costado con una fuerza que no admitía debate, y miró a mi asistente.

—Leo, ¿verdad? —preguntó Caleb, su tono de CEO volviendo a su lugar, frío y resolutivo.

Leo asintió, pálido.

—Sí, señor Navarro.

—Mi equipo de seguridad te escoltará a tu casa ahora mismo. Recibirás tu salario completo más un bono por daños emocionales hasta que esta agencia vuelva a operar en un lugar seguro. No hables con la prensa. De esto nos encargamos nosotros.

Me giré hacia Caleb, frunciendo el ceño.

—Caleb, no puedes simplemente...

—Nos vamos, Alexandra —me cortó, ignorando mi protesta. Me obligó a dar media vuelta, alejándome de los cristales rotos—. No vas a pasar ni un puto minuto más en este lugar.

El trayecto de regreso al penthouse fue rápido y asfixiante.

Caleb no soltó mi mano en ningún momento. Su agarre era casi doloroso, una necesidad física de anclarme a él, de asegurarse de que no iba a desaparecer en la oscuridad del coche. Yo tampoco intenté soltarme. La imagen de mi oficina destrozada seguía repitiéndose en mi cabeza, recordándome que Julian Thorne no era un rival con el que pudiera negociar; era un monstruo que quería aplastarme.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en nuestro apartamento, el silencio nos envolvió.

Dejé caer mi bolso en la entrada. Caleb cerró la puerta, pasó el seguro y, antes de que pudiera dar un paso hacia la sala, me tomó de la cintura y me acorraló contra la pared del vestíbulo.

El impacto fue seco, pero el cuerpo de Caleb amortiguó el golpe. Su pecho subía y bajaba con una agitación que ya no intentaba ocultar. Apoyó ambas manos en la pared, a cada lado de mi cabeza, encerrándome por completo en su espacio. El olor a su piel, una mezcla de sándalo y pura adrenalina, me embriagó al instante.

—Pensó que profanando tu espacio iba a doblegarme —murmuró Caleb, su aliento caliente chocando contra mis labios. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad febril—. Pensó que si te asustaba, yo le entregaría mi empresa para protegerte.

Levanté el rostro, sosteniéndole la mirada, sintiendo cómo el miedo de la mañana era devorado por el magnetismo letal de este hombre.

—No estoy asustada, Navarro.

Caleb soltó una respiración temblorosa, cerrando los ojos por una fracción de segundo, antes de apoyar la frente contra la mía.

—Yo sí —confesó, en un susurro ronco y desgarrador que me partió el corazón—. Cuando me llamaste para decirme que habían destrozado tu oficina... sentí que me arrancaban el puto pecho, Alex. Si hubieras estado allí... si te hubieran tocado...

La vulnerabilidad en sus palabras me desarmó por completo. El Diablo de Wall Street, el hombre que no le temía a nada, estaba temblando contra mí, consumido por el terror de perderme. Ya no había contratos, ni barreras, ni orgullo corporativo. Solo la necesidad cruda y absoluta de poseernos el uno al otro para sobrevivir al caos.

Deslicé mis manos por su pecho, subiendo por su cuello hasta enredar mis dedos en su cabello oscuro, atrayéndolo hacia mí.

—Estoy aquí —le aseguré, rozando mis labios contra los suyos—. Soy tuya. Y nadie me va a apartar de ti.

Caleb soltó un gruñido profundo, un sonido gutural que vibró contra mi boca, y me besó.

No fue un beso urgente ni apresurado. Fue un beso lento, devoto y aplastantemente posesivo. Su lengua trazó el contorno de mis labios antes de reclamar mi boca con una profundidad que me hizo gemir y arquear la espalda contra la pared. Sus manos abandonaron la pared y descendieron por mi cuerpo, acariciando mis costillas, mi cintura, hasta aferrarse a mis muslos.

Me levantó del suelo con un solo movimiento fluido. Crucé las piernas alrededor de su cadera instintivamente, aferrándome a él mientras me llevaba en brazos por el pasillo hacia nuestra habitación.

No me soltó ni siquiera cuando me dejó caer sobre la inmensa cama. Me siguió hacia el colchón, cubriéndome con su peso, besándome con una desesperación que buscaba borrar cualquier rastro de la oficina destrozada de mi mente. Cada roce, cada caricia de sus manos sobre mi piel, era una marca de propiedad, una promesa silenciosa de que él era mi único y verdadero refugio.

Me entregué a él sin reservas. Dejé que su oscuridad me envolviera, porque en ese momento comprendí que yo también estaba dispuesta a quemar mis propias reglas con tal de quedarme a su lado.

El cansancio emocional me arrastró a un sueño denso durante un par de horas.

Cuando abrí los ojos, la habitación estaba en penumbra. Me giré perezosamente entre las pesadas sábanas, buscando el calor de Caleb, pero mi mano solo encontró el espacio vacío a mi lado.

Me senté despacio, ajustando la camisa de Caleb que me había puesto para dormir, y agucé el oído. A través de la puerta entreabierta de la suite, escuché el eco de una voz profunda proveniente del despacho del otro lado del pasillo.

Me levanté descalza y caminé hacia la puerta del estudio. La rendija dejaba escapar un hilo de luz ambarina.

Caleb estaba de pie frente a su escritorio de obsidiana. No llevaba camisa, y los músculos de su espalda se tensaban con cada palabra que pronunciaba. Sostenía un teléfono encriptado pegado a la oreja. No estaba hablando con Marcus ni con sus abogados corporativos. El tono de su voz era demasiado letal, demasiado calculador.

—...no quiero demandas, Arthur. Las demandas tardan meses —estaba diciendo Caleb, su voz convertida en hielo puro—. Julian Thorne cruzó la única línea que le prohibí cruzar. Destruyó el espacio de mi esposa. Y ahora quiero que le arrebates todo lo que le da poder.

Hubo una pausa mientras escuchaba a la persona al otro lado de la línea.

—Exactamente —continuó Caleb, apoyando una mano sobre el cristal del escritorio, sus nudillos blancos por la presión—. Compra la deuda de sus principales inversores a través de las firmas fantasma en Europa. Asfixia sus líneas de crédito. Soborna a sus proveedores de acero pagándoles el triple para que paralicen todas sus malditas construcciones en la ciudad al amanecer. Quiero que cuando Thorne despierte hoy, su imperio inmobiliario sea un cascarón vacío y no tenga liquidez ni para pagar a sus guardaespaldas.

Me quedé inmóvil en la oscuridad del pasillo.

Caleb no estaba preparando una defensa mediática, ni buscando un acuerdo en los tribunales. Estaba orquestando la aniquilación financiera absoluta de Julian Thorne. Iba a estrangularlo, a dejarlo sin oxígeno, aislarlo de todo su poder antes de que siquiera se diera cuenta de que la trampa se había cerrado.

—Lo quiero en ruinas, Arthur —sentenció Caleb, con una crudeza que me erizó la piel—. Autoriza los fondos desde mis cuentas principales. Desángrenlo ahora.

Caleb colgó el teléfono. Se quedó mirando la ciudad a través del ventanal, un depredador que acababa de soltar a sus perros de caza.

Me apoyé contra el marco de la puerta, observando la espalda del hombre que estaba dispuesto a destruir a la élite de Nueva York solo porque alguien había roto los cristales de mi oficina. Cualquier mujer en su sano juicio habría sentido terror ante ese nivel de poder oscuro y vengativo.

Pero mientras lo miraba, lo único que sentí fue una atracción arrolladora y absoluta. Porque ese monstruo implacable, ese titán que estaba quemando el mundo de su enemigo hasta las cenizas... era mío.

Di un paso hacia el interior del despacho, dispuesta a abrazarlo por la espalda, cuando el sonido seco y estridente del teléfono privado de Caleb rompió el silencio de la madrugada.

No era la línea de seguridad ni la corporativa. Era el teléfono negro reservado exclusivamente para la junta directiva y la familia.

Caleb se giró de golpe. La sorpresa cruzó sus facciones por una fracción de segundo antes de descolgar el auricular.

—Habla —contestó, su voz volviéndose un bloque de hielo.

El altavoz no estaba activado, pero el silencio en la habitación era tan profundo que pude escuchar la voz nítida y afilada al otro lado de la línea.

Mover seiscientos millones de dólares de la liquidez principal del holding a las tres de la mañana no es una estrategia, Caleb. Es un suicidio.

Victoria Navarro.

Me quedé paralizada. Caleb apretó la mandíbula, los músculos de su cuello tensándose hasta el límite.

—Es una maniobra de adquisición hostil justificada, Victoria. Vuelve a dormir —respondió él, intentando mantener el control absoluto de la situación.

No insultes mi inteligencia —el tono de la matriarca era un látigo vibrando en la penumbra del despacho—. Los sistemas de alerta me despertaron hace cinco minutos. Estás quemando los fondos de la empresa para asfixiar a Julian Thorne en una vendetta personal. Acabas de romper la regla de oro, y no voy a permitir que arrastres el imperio de tu abuelo al abismo por un ataque de ira.

Caleb se apoyó en el escritorio de obsidiana, exhalando un suspiro pesado, la desesperación que había intentado ocultar abriéndose paso por una fracción de segundo.

—Si no lo detengo hoy, él destruirá a Alexandra.

El silencio al otro lado de la línea fue denso, cargado del peso de un imperio entero en juego.

Te doy exactamente tres horas, Caleb —sentenció Victoria, su voz desprovista de cualquier empatía familiar—. A las seis de la mañana convocaré una asamblea extraordinaria. O me das una explicación que justifique este desfalco, o congelaré tus poderes ejecutivos y te destituiré hoy mismo. Tú decides si esa mujer vale tu imperio.

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