El sonido de dos golpes secos en la puerta me hizo saltar, pero Caleb fue más rápido.
Se levantó de la cama, se acercó a la puerta y miró por la mirilla astillada antes de quitar el pestillo. Leo estaba parado en el pasillo del motel, empapado por la lluvia, sosteniendo una mochila negra y una bolsa de supermercado que goteaba sobre la alfombra barata.
—Señor Navarro... jefa —saludó Leo, entrando rápidamente, con los ojos llenos de una paranoia genuina—. Saqué los doce mil dólares en efectivo d