Mundo ficciónIniciar sesiónLo que comenzó como una curiosidad adolescente se ha transformado en un juego de seducción de alto riesgo. Entre desayunos bañados en miel y miradas que queman la piel, Lara ha descubierto que Evan no es el padrastro ejemplar que aparenta ser. Sus manos, pesadas y hambrientas, se deslizan un poco más arriba cada vez que el silencio de la sala lo permite. A escasos metros de una madre ausente, la línea de lo prohibido se desibuja. Lara está a punto de cumplir dieciocho años y tiene muy claro qué regalo quiere reclamar. Ella lo provoca, él la acecha... ¿Hasta dónde llegarías por probar el fruto prohibido cuando vive bajo tu mismo techo?
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Hacía apenas un par de meses que mi madre había comenzado a salir con él: Evan Angels. Era un hombre imponente, de tez bronceada y un físico tan marcado que juraría que podía partir un roble con sus propias manos. Tenía esos ojos verdes, profundos y magnéticos, que enmarcaban un rostro perfecto, tallado como una jodida estatua de David. Sinceramente, no entendía qué hacía un espécimen así con alguien como mi madre. No es que ella fuera fea, pero sus mejores años habían quedado atrás; comparada con él, se veía marchita, consumida por los años y el tabaco. Hace unas semanas escuché algo que no debí: una discusión entre ellos. Al parecer, ella se negaba a tener intimidad. El estrés, el trabajo y los años de fumar le estaban pasando factura, dejándola sin energía para él. Mi madre nunca fue cariñosa; siempre me vio como una carga que alimentar y enviar a la escuela. Cuando cumplí los dieciocho este año, simplemente me soltó que ahora me encargaría de mí misma: comidas, horarios, mi vida entera. No fue un gran cambio; en realidad, era lo que llevaba haciendo desde los catorce, pero ella parecía vivir en su propio mundo de negligencia. Entonces llegó Evan y la dinámica de la casa cambió. Él cocinaba el desayuno para ambas, nos llevaba de paseo y, por momentos, casi parecíamos una familia funcional. El tipo es decente, o eso finge ser, aunque sé perfectamente que nota mis miradas. Se da cuenta de cómo me demoro observando sus abdominales o de cómo me quedo embobada cuando hace reparaciones en casa. Es inevitable: no hay nada que ese hombre no haga ver bien. Desde su llegada, he sentido sus ojos sobre mí. Me recorre las piernas con un detenimiento inusual cuando uso faldas y sus ojos saltan de mi cara a mi escote cuando voy sin sostén. Decidí confirmar mis sospechas: empecé a provocarlo, usando ropa cada vez más corta, cada vez más reveladora. Esta mañana el calor era sofocante. El aroma del desayuno y la luz intensa que se filtraba por la ventana me despertaron. Me miré al espejo y un pensamiento travieso cruzó mi mente. Con una sonrisa, me acomodé el cabello y decidí bajar exactamente como estaba: en ropa de dormir. Llevaba unos shorts celestes tan cortos que apenas cubrían lo esencial y una blusa blanca de tirantes, cuya tela delataba sin timidez la ausencia de sostén. Dejé que mi cabello negro cayera suelto, contrastando con la palidez de mis hombros. Al bajar los últimos escalones, una ola de calor me golpeó. Ahí estaba él, sin camisa, usando solo sus pantalones de dormir y un delantal mientras cocinaba panqueques. La luz del ventanal lo rodeaba, haciéndolo brillar como una deidad. Me miró y soltó una sonrisa encantadora que me revolvió el estómago. —Buenos días, Lara. Siéntate, el desayuno casi está listo. —B... buenos días, Evan —balbuceé, caminando hacia la barra. Noté cómo me seguía con la mirada en cada paso, devorando la imagen de mis piernas desnudas. Me senté e incliné el cuerpo sobre la madera, asegurándome de que tuviera una visión "descuidada" de mi pecho. —Te ves radiante hoy —soltó. —Gracias, Evan —respondí. Él puso un plato frente a mí con una delicadeza casi irritante. —Cariño, ¿quieres que te sirva? —preguntó él, dirigiéndose a la sala. Recién entonces noté que mi madre estaba allí, absorta en su laptop, con una taza de café a medio terminar. Ni siquiera se molestó en saludar. —Bien, parece que solo seremos tú y yo, Lara. Se sentó a mi lado. Estaba tan cerca que podía oler su colonia ahumada y ver el juego de sus músculos al quitarse el delantal. De repente, se inclinó hacia delante, pasando un brazo frente a mí para alcanzar algo sobre la barra. Mi rostro quedó a milímetros de su pecho cálido. Me miró desde lo alto con un hambre voraz antes de alejarse con una calma fingida. —Discúlpame, pequeña. Solo quería el maple. ¿Quieres un poco? —agitó la botella. Tragué saliva y asentí. Se acercó de nuevo, vertiendo el jarabe sobre mis panqueques mientras su mirada bajaba rápidamente hacia mi pecho. Miré a mi madre de reojo, aterrada y excitada, pero ella seguía perdida en su pantalla, ajena a todo lo que no fuera su trabajo. Evan dio el siguiente paso. Cortó un trozo de mi panqueque con el tenedor y lo acercó a mis labios. Antes de que pudiera reaccionar, acarició mi mejilla con la palma de su mano. El contacto me hizo sobresaltar. —Come, princesa, o se te va a enfriar —su voz era tan dulce y espesa como el almíbar. Obedecí, observándolo pasmada. Lo odiaba por lo perfecto que era, y ese odio me estaba volviendo loca. Al terminar, nos quedamos conversando sobre la escuela y mi próximo cumpleaños número dieciocho. En medio de una frase, deslizó su mano pesada sobre mi muslo. Mi corazón se disparó. Mis estrategias habían funcionado, pero en ese momento, sentí que la presa era yo. Movió su mano con lentitud, ascendiendo un milímetro cada vez, quemando mi piel. —Dime, pequeña... ¿qué vas a querer para tu cumpleaños? —continuó la charla como si su mano no estuviera a punto de desaparecer bajo el borde de mi short. Sentí el roce de sus dedos contra la tela y mi rostro se encendió. Era exactamente lo que quería, pero mi madre estaba ahí, a pocos metros, separada de nosotros solo por el silencio de la sala, que solo llenaba el sonido de su teclado y nuestra conversación distante..Fingí estar dormida mientras escuchaba el suave y definitivo click del seguro. El aire en la habitación cambió de golpe, volviéndose denso, cargado de una tensión eléctrica. Sabía que había ganado una batalla, pero la guerra apenas comenzaba. A partir de ahora, mis tácticas debían ser quirúrgicas; si mi madre llegaba a sospechar que estaba perdiendo territorio, no dudaría en usar a la policía contra Evan y lanzarme a mí a la calle. El peligro era real, y eso solo lo hacía más excitante. Los pasos de Evan eran lentos, pesados, como si se deleitara en la anticipación de la imagen que tenía frente a él. Sentí el colchón ceder ligeramente cuando se sentó a mis espaldas, moviéndose con una cautela casi religiosa para no "despertarme". No sabía que yo estaba más que despierta, contando cada una de sus respiraciones. Ese cuidado extremo, esa forma de tratarme como algo prohibido y frágil, me enloquecía. De pronto, su mano pesada y áspera hizo contacto con la seda de mis medias. Trazó
Al darme la vuelta, ahí estaba ella, observándome con una mirada inquisitiva que exigía una respuesta. Escuché el click suave de la puerta del baño y me relajé ligeramente; desde su ángulo, era imposible que hubiera visto nada más allá de mi figura intentando entrar en la recámara. —Yo... no encontraba uno de mis cuadernos de la escuela —balbuceé—, pensé que tal vez lo habría dejado aquí por error. Me lanzó una mirada cargada de escepticismo, pero no le importaba lo suficiente como para profundizar. Sus prioridades siempre estaban en otro lado. —Bueno, niña, quítate de mi camino. Ve a arreglarte, que se te hace tarde y yo no pienso llevarte. Se alejó cerrando la puerta tras de sí. Me quedé inmóvil unos segundos, escuchando cómo entraba al baño y cómo Evan la invitaba a unirse a él bajo la ducha. Un pinchazo de celos me recorrió el pecho. Me dolió. Ingenuamente pensé que él ya no la deseaba y que por eso me buscaba a mí, pero ella lo rechazó con una frase cortante que se perd
Evan sostuvo mi mirada con una fijeza depredadora. Con una lentitud calculada para torturarme, levantó su mano derecha. Sus dedos brillaban, cubiertos por el rastro plateado de mi propia excitación, y sin apartar sus ojos verdes de los míos, se los llevó a la boca. Deslizó la lengua sobre ellos, saboreándome con una devoción que me hizo sentir un calambre eléctrico en el vientre. —Eres tan dulce como la miel, princesa —su voz bajó una octava, volviéndose ronca, casi un susurro—. ¿Quieres más, Larita? ¿Quieres conocer lo que tu papi tiene para darte? Entonces tienes que pedirlo. Tienes que pedírselo a él. El aire en la cocina parecía haberse agotado. El hambre que sentía ya no tenía nada que ver con el desayuno; era una necesidad física, un vacío que solo él podía llenar. —Papi... dame más, por favor —rogué, y mi voz sonó extraña a mis propios oídos, cargada de una urgencia mareada—. Se sintió tan bien... quiero más de ti. Esa confesión fue el detonante. Evan soltó un gruñido
—Pequeña Lara, ¿entonces qué quieres de cumpleaños? —Sus palabras me sacaron de mi ensimismamiento, vibrando con un doble sentido que me erizó la piel. —P... pues me gustaría... —Tragué saliva, intentando que mi voz no temblara—. Me gustaría ir de viaje. Quiero conocer el mar. Su mano derecha, que descansaba pesadamente sobre mi muslo, comenzó a jugar con el borde de la tela celeste, justo donde terminaba mi short y empezaba la piel sensible de mi entrepierna. —Vaya, ¿en serio no conoces el mar? —Parecía sorprendido, pero su tono era tan casual que resultaba aterrador. Estaba actuando con una normalidad absoluta mientras sus dedos se filtraban por debajo de la costura de mi pijama—. Definitivamente hay que arreglar eso. —Me gustaría una playa donde haga calor... donde se pueda nadar —balbuceé. Sentí sus dedos rozando apenas la seda de mi ropa interior, apretando mi muslo con una intensidad que era, al mismo tiempo, una caricia y una advertencia. El estruendo de mi madre ce
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