El café humeante entre mis manos no lograba calmar el frío que sentía por dentro. La cafetería corporativa del edificio Blackwell bullía de actividad a mi alrededor, pero yo me sentía aislada, como si estuviera encerrada en una burbuja de cristal. Las palabras que había escuchado esa mañana resonaban en mi cabeza con la persistencia de un martillo.
—¿No lo sabías? —había dicho Vanessa, una de las asistentes del departamento legal, con ese tono falsamente inocente que utilizan quienes disfrutan