MARCUS
Salí de la suite de Victoria sintiendo que el suelo vibraba bajo mis botas. No era un temblor de la casa; era mi propia sangre, un torrente de adrenalina y furia que llevaba hace tiempo contenido. Ella me había dado la orden. Me había dado el permiso. Pero, sobre todo, me había hecho una promesa que me quemaba las entrañas: su cama.
Ya no era solo el guardia. Ahora era el ejecutor. El hombre que iba a limpiar su vida de la basura que ella misma había dejado entrar.
Caminé por el pasillo