VICTORIA
El mundo se había convertido en un zumbido sordo. Estaba tirada en el suelo del baño, con la mejilla apretada contra el mármol frío, sintiendo cómo el castigo de mi propia estupidez me calaba hasta los huesos. Hace apenas unos minutos, yo era la mujer que manejaba los hilos de esta ciudad; ahora, no era más que un montón de seda rota y humillación en el rincón de mi propia suite.
Maximilian me había destrozado. No con un golpe, sino con la frialdad de quien arranca una mala hierba. Hab