VICTORIA VALOIS
El rugido del motor diésel de la ambulancia era lo único que llenaba el vacío del desierto, un latido metálico que vibraba a través del volante y se instalaba directamente en mis huesos. El impacto contra el portón había dejado el cristal delantero astillado, una red de grietas que distorsionaba el horizonte como si el mundo mismo se estuviera rompiendo. Tenía el sabor acre del humo y la pólvora en la garganta, y mis manos, aferradas al cuero del volante, estaban manchadas de un