VICTORIA VALOIS
El sonido de la tormenta golpeando los ventanales de mi despacho era el único ritmo que mi corazón parecía dispuesto a seguir. Me quedé inmóvil, con la espalda recta y la mirada perdida en las luces borrosas de Manhattan, sintiendo cómo el poder fluía por mis venas como un veneno dulce. Había dado una orden. Una orden que sabía que Marcus ejecutaría con una crueldad que rozaba lo personal.
Escuché el eco de un estruendo seco proveniente del ala oeste. Un crujido de metal y plás