VICTORIA VALOIS
La luz de la tarde en Palenque posee una densidad única, como si el tiempo mismo se volviera tangible al rozar las hojas de los cafetales. Es la "hora de oro", ese momento en que el sol se funde con el horizonte, tiñendo las ruinas y la vegetación de un ocre tan vibrante que parece otorgar una dignidad antigua a cada rincón de la hacienda. Ya no soy la mujer que corría por Manhattan con el miedo mordiéndole los talones; ahora, el aire que respiro tiene el perfume dulce del caca