VICTORIA VALOIS
El amanecer se filtraba por las rendijas de la cabaña como dedos de ceniza, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire estancado. El silencio era casi doloroso, roto únicamente por el crepitar errático de la madera en la estufa y el silbido suave, casi imperceptible, de la respiración de Maximilian. Estaba recostado en el catre, su cuerpo imponente ocupando casi todo el espacio de la pequeña habitación, recordándome que, incluso en su estado de debilidad extrema