VICTORIA
El primer rayo de sol atravesó las cortinas de seda pesada, cortando la penumbra de la habitación como un bisturí que venía a extirpar la poca paz que me quedaba después de una noche en el abismo. Me incorporé del suelo con los movimientos lentos y erráticos de una mujer que ha envejecido una década en una sola madrugada de llanto ahogado. Mis articulaciones estaban rígidas, y el frío del mármol parecía haberse instalado de forma permanente en mi columna vertebral, recordándome que el