VICTORIA
El gran comedor de la mansión Valois nunca me había parecido tan similar a una sala de ejecución. Bajo el brillo gélido de las lámparas de cristal de Murano, la mesa de caoba estaba dispuesta para doce personas, pero para mí, el espacio se sentía reducido a un campo de batalla donde el aire estaba saturado de crueldad. El aroma del faisán asado y los vinos de cosechas centenarias se mezclaba con el olor a tabaco caro y esa fragancia rancia y metálica que solo desprende el poder absolu