VICTORIA
Entré en la habitación con el sigilo de quien comete un crimen en su propia casa. El clic de la puerta al cerrarse detrás de mí sonó como el martillazo de un juez sentenciando mi destino final. Mis pies descalzos se hundieron en la alfombra de seda, pero no sentí el lujo que tanto me había costado mantener; solo sentí el frío residual del salón que acababa de abandonar. El eco de la mirada de mi padre, Michel Valois, todavía me quemaba la nuca, como si sus ojos pudieran atravesar las p