MAXIMILIAN FERRERO
Victoria no perdió tiempo. En cuanto las palabras salieron de mi boca, ella se puso en pie con una elegancia depredadora y me extendió la mano. La seguí fuera de la biblioteca, atravesando pasillos que nunca antes había visto en esa mansión laberíntica. Bajamos por una escalera de caracol oculta tras un panel de madera hasta llegar a los cimientos de la propiedad. Allí, donde el aire era más fresco y el silencio absoluto, se encontraba el corazón tecnológico de los Valois.
Era una sala blindada, iluminada por el resplandor azul de varios servidores de última generación que zumbaban con un ritmo hipnótico. En el centro, una mesa de cristal sostenía una terminal de tres monitores.
—Esta es mi red privada, Max —dijo Victoria, señalando la silla ergonómica—. No hay rastro de ella en los registros de la ciudad. Desde aquí, puedes llegar a cualquier rincón del mundo sin que nadie sepa que has sido tú. O que he sido yo.
Me senté frente a los monitores. Al tocar el teclado