A la mañana siguiente, Margaret sostenía a Willy con una determinación feroz, como una leona que protege a su cría. No existía fuerza en el mundo capaz de arrancarlo de sus brazos.
—¡No permitiré que se lo lleven! —Exclamó con desesperación—. ¡Tendrán que pasar sobre mi cadáver antes de que vuelva con esa mujer!
—Señora, por favor —respondió Helena Hudson, manteniendo una calma calculada—. Mi única prioridad es el bienestar del niño. Lo está asustando, se lo ruego, déjeme llevármelo.
Willy soll