El día del trasplante amaneció gris. Carol llevaba tres noches sin dormir bien y se le notaba: tenía ojeras que ningún corrector ocultaba y las manos que no paraban de buscar algo a qué aferrarse. Rosaura estaba sentada a su lado en la sala de espera del St. Jude's, con un café que nadie había tomado y la mano apretada sobre la rodilla de Carol.
Alonso llegó cuarenta minutos después de que entraran al quirófano. Venía de una cirugía de urgencia y todavía tenía marcas del gorro en la frente. Busc