La mañana siguiente llegó llena de matices grises a las afueras del hospital. Todo continuaba igual, pero en las habitaciones de Alison y Víctor las historias eran diferentes.
El reloj marcaba las diez de la mañana. Alison no dejaba de revisar su celular.
—¡Maldición! ¿Cuándo llamarás? —murmuró para sí misma, mordiéndose los labios, y de repente su teléfono vibró.
—¿Ya está todo listo? ¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —preguntó Bruno, en voz baja, casi un susurro cargado de temor.
Alison respondió sin titubear:
—Sí, Bruno. Haré lo que sea necesario para salvarlo. Y si eso significa sacrificar a Víctor... que así sea —replicó, con una frialdad que helaba la sangre, como un viento ártico cortando el alma.
—Está bien, como tú lo quieras. Pero espero que no me involucres en esto. Sé capaz de asumir la responsabilidad. Recuerda: tarde o temprano, todo cae por su propio peso —advirtió Bruno, su voz temblando con un filo de advertencia.
Alison colgó el teléfono de golpe. Víctor er