Ellis llegó al punto indicado treinta minutos después. La camioneta frenó a un costado del camino, lejos de las luces. Se bajó, ajustó la chaqueta y miró al frente: una bodega oxidada, medio derruida, iluminada apenas por una farola parpadeante.
Sacó su teléfono, revisó el mensaje otra vez. Sin respuesta nueva. Suspiró.
—Lo típico… —murmuró, guardándolo.
Massimo se acercó desde la oscuridad.
—Tenemos visual de tres hombres en la entrada. Otros dos en el tejado. No parecen pesados, pero está