El choque entre los tres era inevitable. Y en esa habitación, cargada de odio, secretos y traiciones, apenas estaba por comenzar la verdadera tormenta.
Teresa alzó la vista lentamente, sus ojos brillaban con esa mezcla de manipulación y falsa ternura que había perfeccionado durante años. Se humedeció los labios, respiró hondo y, con un tono que pretendía sonar maternal habló.
—Hijito… qué bueno que viniste. No entiendo qué hago encerrada aquí.
El silencio que siguió se quebró con una carcajada