La luna aún colgaba en lo alto como una moneda de plata, filtrando su luz sobre las copas de los árboles en lo más profundo de las Montañas. Allí, donde ningún lobo de manada se atrevía a cazar, se alzaba una antigua cabaña de piedra, cubierta de musgo y cicatrices del tiempo. Dentro, el fuego chispeaba como si respirara, y frente a él, un hombre de espaldas anchas y cabello oscuro observaba con los ojos entornados.
—Anoche habló —dijo con voz rasposa, áspera como la tierra misma—. La anciana v