Mia intentó retroceder, pero la pared de piedra fría le impedía avanzar más. Sus dedos se aferraban a la humedad del muro, temblorosos, mientras los dos lobos se acercaban lentamente con miradas lascivas y crueles. El primero, más alto, de ojos amarillentos, la miraba como si ya la hubiera devorado. El otro, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla, mostró sus colmillos al hablar.
—Vas a gritar, zorra. Y yo voy a disfrutar cada segundo —mencionó uno de ellos.
Mia tragó saliva. El aire se espe