Logan permanecía de pie en medio de la carretera, el olor metálico de la sangre mezclándose con el del asfalto caliente. Sus ojos, aún brillando con el fulgor del lobo, se clavaron en Mateo, que respiraba agitado, con los nudillos ensangrentados y la camisa hecha jirones por la pelea reciente.
—¿Qué demonios hacías ahí? —escupió Logan con voz grave, la mandíbula tensa, cada palabra cargada de desconfianza—. ¿Y por qué me ayudaste?
Mateo no se movió, pero sus labios se curvaron en una sonrisa co