Las horas habían transcurrido pesadas, densas como una sombra que se aferraba al aire mismo de la manada. El sol se había ocultado hacía ya tiempo, y las hogueras encendidas en los límites del territorio apenas lograban disipar la tensión que recorría cada rincón.
Habían pasado al menos seis horas desde que Logan había llevado a Mía al hospital de la manada. Allí, los sanadores luchaban por estabilizarla, inyectándole sueros para contrarrestar los restos de cicuta que aún corrían por sus venas