—¿A dónde crees que vas, zorra?
El tiempo se detuvo. Mía alzó una ceja, incrédula, porque reconocía perfectamente aquella voz.
Lentamente giró el rostro, y ahí estaba.
Teresa.
Sus ojos brillaban con esa mezcla de locura y odio que Mía conocía demasiado bien. No tuvo tiempo de reaccionar, porque la mujer la tomó bruscamente del brazo, apretando con una fuerza inesperada para su cuerpo menudo.
—Creíste que podías escaparte de mí tan fácilmente —susurró Teresa, con una sonrisa torcida que helaba l